A collector's reference cataloging historical typewriter brands and models from around the world.
About the Collection
Typewriter House Collector is an informational archive dedicated to vintage and antique typewriters. The collection spans numerous international manufacturers, from well-known names like Adler, Corona, and Hermes to rare and obscure brands that shaped the history of mechanical writing.
Browse the alphabetical brand index to explore individual manufacturers and their models. Each entry documents a piece of typewriter heritage, reflecting the craftsmanship and industrial design of its era.
Typewriter Brands Index
An alphabetical directory of manufacturers represented in the archive. Select a brand to learn more.
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- Anderson Shorthand
- Andina
- Automatic
- Bambino
- Bar-Let
- Bar-Lock
- Belka
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- Blista
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- Burroughs
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- Carissima
- Champion
- Chicago
- Columbia Bar-Lock
- Columbia Index
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- Hammonia
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- Januy Braille Writer
- Japy
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- Keystone
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- L.C. Smith
- Leframa
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- Lord Baltimore
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- Malling Hansen Replica Map
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- Merrit
- Merz
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- Monpti
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- Moya
- Visible
- Muson
- National 1889
- National
- Nema
- New America
Las máquinas de escribir de los grandes escritores españoles
Las máquinas de escribir han acompañado la creación literaria española durante más de un siglo, dejando una huella material que hoy se conserva en museos, fundaciones y colecciones privadas. Estos objetos, más allá de su valor mecánico, son testigos mudos del proceso creativo de autores que cambiaron la historia de la literatura hispana. Recorrer su rastro tipográfico es asomarse a la intimidad de talleres, bibliotecas y mesas de trabajo donde nacieron poemas, novelas y ensayos fundamentales del siglo XX.
El patrimonio mecánico vinculado a la literatura española se ha convertido en un campo de creciente interés para investigadores y coleccionistas. Marcas como Olivetti, Underwood, Royal o Remington convivieron con plumas, tinteros y cuartillas en los despachos de figuras como Camilo José Cela, Gloria Fuertes o Max Aub. Hoy, gracias al esfuerzo de instituciones y aficionados, es posible acercarse a esas máquinas y leer, en sus teclas gastadas, las marcas invisibles de la escritura.
La mecanografía llega a las letras españolas
A finales del siglo XIX y principios del XX, la mecanografía se abrió paso en redacciones, notarías y oficinas públicas españolas. Pronto encontró acomodo en los escritorios de los literatos, fascinados por la velocidad y limpieza del texto tipografiado. Antonio Machado, instalado en Baeza como catedrático, incorporó una máquina portátil a sus tareas docentes y creativas, según recoge la documentación de la Fundación que lleva su nombre. Para autores comprometidos con la modernización, escribir a máquina representaba además una declaración estética e ideológica.
La adopción temprana de estos aparatos coincidió con la profesionalización del escritor y el auge de las editoriales modernas. En las tertulias del Ateneo de Madrid y en las redacciones de publicaciones como La Gaceta Literaria o Revista de Occidente, la máquina se convirtió en herramienta cotidiana. Ramón Gómez de la Serna, prolífico periodista e inventor de la greguería, usó varias máquinas durante su exilio en Buenos Aires, conservadas hoy en centros de documentación argentinos y españoles. La mecanografía democratizaba el acceso al texto limpio y abría nuevas posibilidades de ritmo y cadencia en la prosa.
La Generación del 27 y sus primeros teclados
Los poetas del 27 crecieron escribiendo a mano, pero muchos adoptaron la máquina como aliada en tareas burocráticas y de correspondencia. Pedro Salinas, profesor en la Universidad de Sevilla, mecanografió desde sus clases universitarias hasta su correspondencia con Katherine Whitmore. Jorge Guillén, con plaza en la Universidad de Murcia antes de su exilio, plasmó en teclas buena parte de Cántico. Aunque su uso literario fue desigual, la presencia de estos aparatos en sus biografías laborales fue constante.
El caso de Rafael Alberti resulta singular: viajero incansable, conoció las máquinas en Italia, Alemania y la Argentina, llevándolas consigo como quien transporta un diario portátil. Federico García Lorca, más afecto a la pluma y al dibujo, retrató máquinas en sus poemas aunque apenas las usara personalmente. En el Centro de Cultura Generación del 27 de Málaga se conserva documentación gráfica y epistolar donde pueden verse estas máquinas, testimonios materiales de un tiempo y una forma de entender la poesía.
Camilo José Cela y la devoción por la Olivetti
Si hay un escritor español asociado a una marca concreta, ese es Camilo José Cela. El Nobel gallego fue un mecanógrafo empedernido que trabajó durante décadas con varios modelos de Olivetti, especialmente la célebre Lettera 22, que llegó a considerar prolongación de su propia mano. Cela manuscritaba, corregía con tijera y vuelco, y posteriormente pasaba a limpio en máquina sus novelas, relatos y artículos periodísticos. En su casa de Iria Flavia, la Fundación que lleva su nombre custodia buena parte de ese instrumental, incluyendo las Olivetti azules, grises y beige que jalonaron su escritura.
La prodigalidad mecanográfica de Cela produjo un caudal documental excepcional: novelas como La colmena o La familia de Pascual Duarte deben parte de su textura fragmentaria al ritmo impuesto por la máquina. Algunos de esos originales, repletos de cinta corregida y tachones, han sido objeto de estudios filológicos que analizan la relación entre el tecleo y el estilo. Visitar la sede de la Fundación Camilo José Cela permite contemplar de cerca estas máquinas, insertas en el mismo paisaje físico donde fueron usadas.
Escritoras y máquinas: escribir siendo mujer
La mecanografía ofreció a muchas escritoras españolas del siglo XX una herramienta de autonomía profesional. Carmen Martín Gaite, aprendiz de mecanógrafa antes que novelista, tuvo siempre una máquina en su mesa como símbolo y utensilio. La usó en sus novelas, ensayos y dietarios, conservados hoy junto a su archivo personal, en parte depositado en la Real Academia Española. Martín Gaite reflexionó en varias ocasiones sobre el ritmo que la máquina imponía a la prosa, comparándolo con la respiración del pensamiento.
Gloria Fuertes, en cambio, fue menos adepta al teclado mecánico y prefirió el dictado y la escritura manual, aunque su familia conserva algunas máquinas que manejaba de forma intermitente. Ana María Matute, premio Nacional y miembro de la RAE, sí escribió buena parte de su obra novelística a máquina, sobre todo durante su exilio interior en los años posteriores a la Guerra Civil. El reciente interés por rescatar las máquinas asociadas a estas autoras ha propiciado pequeñas exposiciones itinerantes organizadas por bibliotecas públicas y universidades españolas.
El exilio republicano y las máquinas transterradas
El estallido de la Guerra Civil en 1936 provocó el exilio masivo de intelectuales españoles, muchos de los cuales llevaron consigo sus máquinas como única herramienta de trabajo. Max Aub, transterrado primero en Francia y luego en México, escribió la inmensa mayoría de su obra en máquinas Underwood y Remington que identificaba con nombres propios. Su archivo, custodiado por la Fundación Max Aub de Segorbe, conserva varias de estas máquinas junto con los manuscritos mecanografiados del Laberinto mágico y de su teatro completo.
Otros exiliados como León Felipe, Luis Cernuda o Manuel Altolaguirre siguieron rutas similares, y sus máquinas terminaron repartidas entre archivos europeos y latinoamericanos. El rastreo de estos aparatos ha dado lugar a proyectos académicos transcontinentales, empeñados en reconstruir las redes transterradas de la cultura española. Pieza a pieza, se reconstruye así la geografía material de un destierro que duró cuatro décadas y que sigue latiendo en el patrimonio bibliográfico y mecánico de medio mundo.
Museos públicos y el cuidado del patrimonio tipográfico
En España existen varias instituciones que custodian máquinas de escribir vinculadas a figuras literarias. El Museo de la Biblioteca Nacional conserva una interesante colección de máquinas históricas, algunas de ellas procedentes de donaciones de escritores. La Casa-Museo de Antonio Machado en Sevilla y la Fundación que gestiona su legado en Baeza muestran desde máquinas portátiles hasta escritorios completos con sus correspondientes útiles de escritura. Estos espacios combinan la conservación técnica con una voluntad divulgativa dirigida al público general.
Fuera de España, sobresalen el Archivo Max Aub de Segorbe, ya mencionado, y el Fondo Documental de la Generación del 27 en Málaga. En América Latina, la Universidad Nacional Autónoma de México custodia máquinas y manuscritos de los exiliados republicanos, mientras que bibliotecas argentinas resguardan las máquinas que Ramón Gómez de la Serna usó en Buenos Aires. Para el aficionado o investigador español, una buena puerta de entrada al coleccionismo puede ser el portal especializado Typewriter House Collector, que reúne información sobre modelos, marcas y recursos museísticos.
Colecciones privadas: la otra cara del coleccionismo
Junto a las instituciones públicas, una constelación de coleccionistas privados trabaja por preservar máquinas con pedigree literario. Estas colecciones, frecuentemente ocultas en talleres y bibliotecas particulares, constituyen un auténtico patrimonio paralelo al de los museos. Muchos propietarios han adquirido máquinas en subastas, mercadillos o herencias familiares, restaurándolas con paciencia y documentando su procedencia. Algunas piezas han pertenecido a varias figuras sucesivas, llevando el rastro de generaciones de escritores.
En ciudades como Madrid, Barcelona y Valencia existen asociaciones de amigos de la máquina de escribir que organizan encuentros, exposiciones temporales y ciclos de conferencias. Estos círculos sirven también para poner en contacto a herederos de escritores con coleccionistas e instituciones, facilitando donaciones que evitan la dispersión del patrimonio. Para quienes sientan curiosidad por la estética de estas máquinas y los oficios creativos vinculados a ellas, una visita recomendada es La modista de Atenea, un portal que dialoga con oficios artesanales contemporáneos.
Cuidar estas máquinas significa también cuidar la memoria de quienes las usaron: la grasa en sus rodillos, las cintas gastadas y las teclas brillantes cuentan historias que ningún texto mecanografiado podría igualar. Cada máquina conservada es una pequeña cápsula de tiempo que conecta al visitante con un instante concreto de creación.